GABRIELA GILI 1945 – 1991

Se llamaba María del Valle Gili, la conocían como Cuca, nació en la provincia de Santa Fe, en una colonia inglesa. Dicen que de niña admiraba a Lolita Torres y se extasiaba con los radioteatros. Gabriela dejó los estudios de Pedagogía, a poco de comenzarlos, y decidió ingresar al Conservatorio de Arte Dramático de Buenos Aires.

Su corta vida se desarrolló entre el éxito y la depresión. Gabriela, con su frágil aspecto, despertaba verdaderas idolatrías que parecían teñidas de romanticismo decimonónico. Varios años después de su muerte, algunos admiradores siguen practicando culto a una memoria construida sobre la remembranza de aquella angelical imagen que la distinguía. Una de ellas muestra un epígrafe que reza: “Esta página es un homenaje a una talentosa actriz, a la belleza y a la ternura de una mujer inolvidable. A nuestro querido ángel...”

Otra de estas páginas cita, en homenaje a Gabriela, un escrito atribuido a Charles Chaplin que dice: “en tu inútil dolor, no estés triste jamás, no hagas caso a tu penar, que para olvidar un mal, lo mejor es Tú que no sabes sonreír, que atormentas tu vivir en tu inútil dolor, no estés triste jamás, no hagas caso a tu penar, que para olvidar un mal, lo mejor es sonreír, con fe ... Ven, ilumina tu mirar y sonríe al pasar, con la felicidad, no estés triste jamás y si cerca tuyo está el deseo de llorar, lo mejor es sonreír con fe y amor ...

Paradójica vida la de aquella que despertaba estas novelescas admiraciones, mientras que –en verdad– su estructura emocional estaba minada por continuas caídas en profundas depresiones.

Tenía , Gabriela, veintidós años cuando debutó, sorprendiendo a propios y extraños, en la telenovela “Estrellita, esa pobre campesina”, protagonizada por Germán Kraus y Marta González. Luego se destacó en “Yo compro esta mujer”. Gili y el uruguayo Sebastián Vilar formaron, por entonces, una pareja romántica televisiva muy reconocida por el público. Diez años más tarde del debut, y después de muchos títulos, todos exitosos, llegaría la telenovela titulada “Un mundo de veinte asientos”, que se transformó en uno de los sucesos más resonantes de la televisión argentina. Con una “ceniciéntica” trama (aunque invertidos los roles) el guión narraba el romance entre un colectivero y una niña rica que simulaba ser empleada doméstica. La pareja protagónica, formada por Gabriela y Claudio Levrino conquistó largamente la preferencia de los telespectadores de aquellos tiempos.

En 1969, había formado pareja con Walter Murúa, con quien tuvo su primer hijo, llamado Leonardo. Separada de Murúa, Gili fue esposa del actor Rodolfo Bebán desde 1974 hasta su fallecimiento. En ese año, 1974, nació su segundo hijo, Facundo; en 1976, su hija, Daniela, y en 1977 el menor, Pedro Emiliano.

La trágica muerte de Claudio Levrino, ocurrida en 1980, derrumbó la cadena de triunfos. Aquel accidental balazo se llevó, junto a Levrino, muchos proyectos; una obra de teatro, una nueva saga de la exitosa telenovela y el comienzo de una película basada en la misma historia. Poco tiempo después de la desgracia, Gabriela agudizaba sus desórdenes alimentarios y su resistencia a salir de un encierro que, día a día, se hacía más severo, aunque los éxitos laborales la siguieran acompañando

Ni el cine, sólo una media docena de títulos, ni el teatro contaron con su participación de manera destacada; la televisión era el hábitat natural para sus encantos. Además de los títulos ya mencionados como: “Así amaban los héroes”, “Esta mujer es mía”, “Una luz en la ciudad”, “Malevo (con Rodolfo Bebán)”, “Cacho de la esquina”, “No hace falta quererte”, “El Gato”, “El cuarteador” y “Un mundo de veinte asientos”, “Daniel y Cecilia”, “Un día 32 en San Telmo”, “Crecer con papá”, “Amar al salvaje”, “El camionero y la dama”, “Historia de un trepador” y la que fuera su última aparición:“Pasiones”–teleteatro de 1988 protagonizado por Grecia Colmenares y Raúl Taibo– demuestran que Gabriela, con aquella británica y celeste mirada que no eclipsaba su sencillez rural, era una mujer de “la tele”. La suya era una de esas imágenes que –conjugando la distancia con la cotidianeidad– tan cálidamente recibidas son, en las tardes de las casas.

Trató infructuosamente –es evidente– de combatir el problema anímico que se llevaba su salud, lo prueban las frecuentes consultas a profesionales, y una esperanzada búsqueda en las cuerdas de su guitarra. El domingo 29 de diciembre de 1991, el corazón de Gabriela se detuvo. El recuerdo de su mirada la sobrevive.

FM.2011