MARÍA VANER 1935 – 2008

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María Alejandra Aleandro Robledo, Marilyn, para todos los que la conocieron desde antes que eligiera el seudónimo María Vaner, nació en España. Hija de la pareja de actores, Don Pedro Aleandro y Doña María Luisa Robledo, y hermana de Norma, su vida transcurrió, desde muy temprano, entre el diseño escenográfico y la actuación.

Maria VanerEn 1958 comenzó su carrera cinematográfica con “El secuestrador”, de Leopoldo Torre Nilsson sobre libro de Beatriz Guido. Soplaban vientos nuevos, por entonces, para los jóvenes artistas que veían en el cine europeo un espejo para sus expectativas. El existencialismo sartreano campeaba sobre las humeantes ruinas de casi toda la filosofía conocida, devastada por el horror de la guerra. Había una necesidad indisimulable de acabar con los viejos paradigmas de un modernismo que había copiado las peores formas del medioevo y parecía no haber incorporado ni una de sus enseñanzas.

El cine, nacido como expresión artística pocas décadas atrás, igualaba a vencedores, derrotados y neutrales y la necesidad de construir un nuevo lenguaje. Así como Juliette Greco, Jeanne Moreau, Bibi Andersson o Ingrid Thulin se transformaban en las reemplazantes del modelo de belleza hollywoodense. Por estos lares, María Vaner se convertía en un ícono de la fantasía de nuestra intelectualidad. A punto tal que hasta su estrabismo resultaba seductor.

Rodolfo Kuhn, Fernando Ayala, David José Kohon y René Mugica, entre otros, que abrevaban en la “nouvelle vague” desde la lontananza de la porteñidad, transformaban su cara en el verosímil del fetiche de nuestra jeunesse dorèe sesentista.

Una anécdota sitúa a un joven actor provinciano que era consciente de su ajenidad al complicado mundo que habitaban muchos de sus colegas. Huérfano de todo academicismo el pajuerano con veleidades de artista estaba al tanto de su vecindad con el analfabetismo, pero estaba dispuesto a los más ingentes esfuerzos por disimular esta incómoda condición. Ya en altos de las filmaciones, ya en cafés de Avenida Corrientes o cualesquiera otro tipo de reuniones, Renán, Aleandro, Murúa, Vidarte, Alcón y varios más, salpicaban sus intervenciones con citas de apellidos ilustres, los que el joven actor no tenía la menor idea a quien pertenecían.

Se hablaba de Bergman, de Kurosawa, de Truffaut, de Goddard, de Antonioni y otros más. Por aquellos tiempos, el provinciano que –de más está decir– se bebía los vientos por María Vaner, no encontró mejor forma de acercarse a esa diosa que inventar que estaba estudiando cine y preparando un corto. Ella se interesó. Entonces, él que se la pasaba con una lata con un rollo de ciento veinte metros de treinta y cinco milímetros bajo del brazo, para sostener la patraña, encontró que debía ir por más y le confesó su mentira a Torre Nilsson. Babsy lo ayudó, ¡y cómo! Le fue enseñando cosas, lo sentó a su lado en la moviola de Alex, lo juntó con Antonio Ripoll, con Isidro Miguel, con Aníbal Di Salvo y con otros más. Leonardo Favio, así se llamaba el joven, conquistó a la diosa, y fue así que comenzó – y en serio– a filmar.

La carrera de María Vaner dio un giro copernicano cuando se vinculó sentimentalmente a Favio, con quien rodó "Crónica de un niño solo" (1965) y se lució en un personaje donde exhibía todo su sex appeal en "El romance del Aniceto y la Francisca" (1967).

Maria VanerA principios de la década de 1970 grabó un disco de tangos clásicos y al poco tiempo, al igual que otros actores argentinos, tuvo que exiliarse en España tras recibir amenazas de la hoy desaparecida banda de ultraderechista "Triple A". Desde su regreso a nuestro país, en 1983, María Vaner dio clases de actuación, canto y danza, escribió cuentos y poemas y comenzó a preocuparse por la ecología. Directores como Juan Carlos Desanzo, Alejandro Doria y Jorge Coscia volvieron a convocarla para el cine, y también tuvo algunas apariciones en la televisión. Asimismo, escribió algunos guiones, pero no llegaron a filmarse. Sus últimos trabajos en cine fueron: "Cara de queso (mi primer ghetto)" (estrenada en 2006), de Ariel Winograd, y "La mujer sin cabeza", de Lucrecia Martel (estrenada en 2009). María Vaner falleció mientras filmaba el mediometraje “Ciudad invisible”, de Pietro Silvestre, corría el año 2008.

FM.2011